Nadie lo puede parar. Nadie lo puede remediar ni evitarlo, simplemente fluye. Sí, por todas las partes de tu cuerpo hasta llegar al último nervio más escondido. Cala hondo. Tanto, que hay que vivirlo para saber cuánto. Para saber cuánto cuesta sacarlo. Para saber cuánto cuesta destruirlo. Se recompone sin que te des cuenta y ahí está otra vez, dispuesto a volver a hospedarse.
No es una droga, o sí.
Es una filosofía de vida, o no.
No se sabe bien qué es exactamente ni por qué se siente de esa forma. Solo te agita interiormente, poniendolo todo del revés. Te hace tener debilidades aún siendo la persona más fuerte del mundo. Despierta sensaciones que ni sabias que existían, pero que solo estaban dormidas, esperandolo.
Ni muros ni barreras lo paran.
Ni cielo ni tierra lo detienen.
Ni agua ni fuego lo achantan.
Ni distancia ni personas lo retienen.
Ni papeles ni normas lo rigen.
Ni instrucciones lo explican.
Ni diamante más fuerte que lo destruya.
Ni preguntas que lo estructuren.
Ni respuestas que lo determinen.
Ni música que lo calme.
Ni corazones que no arrase.
Ni mundo que lo entienda.
Ninguna parrafada ni ningún discurso creo que podrá explicar lo que es, ni la RAE. Solo lo sabe el que lo siente.
Pero bueno, cierto es que cada uno lo siente a su manera..