La vida no tiene mucho truco.
parece un acertijo que hay que acertar antes de morir, un rompecabezas que resolver por el camino. Pero no creo.
Más bien, la vida es ese tren en el que vamos montados y del que nada nos sorprende, solo en el momento de subirnos. Alucinamos con los asientos, la decoración, las vistas..
Sabemos que el camino es largo, o eso creemos, y en la segunda parada ya nos aburre la monotonía de las mismas vías y el mismo camino.
Miramos por la ventana y creemos que la vida pasa deprisa y que ahí fuera está la que quieres, pero te ha tocado ese vagón. Ese en el que un día te das cuenta que la mujer de al lado está tatareando tu canción fevorita, que el chico del fondo, el del pelo despeinado, está tomando un café y te llega aroma a caramelo. Es entonces cuando empiezas a activar tus sentidos, y te das cuenta que el reloj de tu muñeca está parado desde que saliste de la estación, ahora lo recuerdas. Pero no lo mirabas, por preocupación de que no se te escapara nada de las vistas, o inercia, quién sabe.
Has perdido la cuenta de la gente que ha bajado y subido al vagón, pero es normal, mirar por la ventana como pasan otras vidas es mejor.
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